Llegué a ese sitio en un
estado peculiar (la vida y la muerte a veces son dos condiciones demasiado desproporcionadas).
Un médico diría que en alguna especie coma, el religioso creería que en una
revelación, otros pensarían que era en un sueño, cada quien asumirá a su modo
la singularidad de mi historia; sin embargo, yo dudo de todos. Fue la
peculiaridad de aquel estado lo que llamó la atención de mi interlocutor cuando lo
encontré en la orilla.
Dijo que no era la primera vez que
algo así pasaba, que ya algunos habían llegado de forma algo similar; me relató
de Hércules y su verdadera historia, de una rebeldía contra los dioses que los
griegos ocultaron a las demás generaciones para que no sea imitada. También me
habló de Orfeo y su música, que era más oscura y profunda de lo que cuentan
ahora; de Eneas y un falso origen, de Psique y la torre de un suicidio
interrumpido. Finalmente, de Dante y su visita; que aquello no era ficción, que
el de Florencia verdaderamente había recorrido el inframundo acompañado por Virgilio buscando a Beatriz, pero la
incredulidad de esos tiempos y de los futuros lo inclinó a barnizar la historia
como una pieza literaria.
Mofándose me increpó:
— ¿Qué te trae por este sitio? ¿Tú
también vienes por un amor a cruzar la ruta de las sombras? ¿Darás tu vida por
ese romanticismo, que a veces es mal pagado por el prójimo?
Le contesté que no, que yo no había
elegido —como los demás de quienes me habló— llegar a las orillas del
Aqueronte.
—Eso del amor no es para mí, al
menos no en esa entrega desmedida.
Y le enseñé las heridas en forma de
lección que me había causado ese sentimiento, y quise hablarle de algunas cosas
más sin sentido... me interrumpió.
Me propuso que, al no estar muerto,
no debía pagar el peaje habitual para cruzar el Aqueronte; que para mí
había otra forma de pagar si quería avanzar. (Cuenta el mito que todo en aquel
extenso río se hunde, excepto la balsa de Caronte)
Avanzar o permanecer ahí daba
igual. Supongo que en ese instante renació esa parte de mí que se hechizaba con
los antiguos viajes, con el simple gusto de partir en nuevas travesías.
—Vamos. ¿Qué debo hacer para que me
lleves, viejo y oscuro barquero?
—Comprenderás que todo aquel que
muerto llega y sube a esta embarcación se deshace en llanto, lamento,
arrepentimiento y nostalgia. ¡Cuánto hastío tengo de oír gimoteos inútiles de
individuos de cada rincón de la tierra! Tener que soportar sus lloriqueos en un
río cuyo caudal es tan ancho. Ni siquiera aquellos que están ahogándose y
estirando dolorosamente sus brazos desde el agua hacen tanto estruendo como los
recién llegados. Nada saben ellos del perpetuo sufrimiento, de lo que les
espera.
Su tono de voz era ronco, de color
desgaste, similar a la frustración del artista que sabe que ha creado su mejor
obra y no podrá jamás mejorarla, que seguirá pintando por obligación, y hasta
maldecirá el día en que llegó a la cumbre de su inspiración.
—Percibo en ti indolencia, me
recuerdas un tal Mersault que alguna vez llegó. No te quejas, tu faz ni
siquiera muestra miedo o pena, no hablas mucho. Por tanto, el simple precio que
deberás pagar en este viaje es aquello que nadie hace desde que se
plantaron los pilares del Hades, cuando yo no era así: escucharme es el precio
a pagar.
Su voz ronca cambió, su dureza se
esfumó; se torno lenta y amarga. Sin dejar de remar, empezó...
"Déjame hablarte de mi real
soledad, de lo que es no poder ver el cielo azul. Déjame hablarte del vacío en
los sueños, de la verdadera penumbra. Permíteme contarte lo que por dentro
siento cuando algunos llegan injustamente a este reino. Te narraré acerca de
cuánto se extraña escuchar una voz y sentir un aliento de vida, cuánto se
desgarra mi cuerpo sin un roce. Te describiré no poder recordar lo dulce ni lo
amargo, respirar sólo azufre y ceniza por esta maldición que sobre mí pesa.
"No percibo la diferencia entre
frío y calor, no puedo sentir la sangre al recorrer las
venas. El viento en el rostro es un enigma para mí. Simple pero alargada
soledad. El vacío está repleto de abandono y de reproche. Los demonios que
castigan a las almas en este sitio son impostores, mis verdaderos demonios
están todos dentro de mi cabeza.
"Esta capa intenta ocultar un
cuerpo deprimente, unas manos llenas de ampollas por el remo de pestilente
madera, un rostro que no gesticula, sólo llora a solas de vez cuando eleva la
mirada y no divisa el firmamento.
"Cruzar de una ribera a otra
sin fin... ser el recaudador de un tributo hiriente. Me duele el minuto que cae
del reloj y me encuentra condenado a la ruin labor en este sitio.
"Es irremediable pena. Hoy
he descargado ligeramente mi pecho al hablarte. Avanza si así lo deseas."
Al descender de la barca, a pesar de
su deprimente figura, le estreché la mano. La espesura del ambiente me
absorbió; una extraña vorágine me extrajo del inframundo. Había visto a aquel
barquero alejarse, y tembloroso por tan extraña experiencia me refugié en mi
mismo y en mis recuerdos por veinte días y veinte noches.
Ha pasado el tiempo, y cada vez que veo
un río recuerdo a Caronte y su pena, la sangre me duele de tristeza. En el Hades
él permanece, no sé si me recuerda, tampoco si me reconocerá en el futuro.
Mientras pasan los días y los años, más cerca está nuestro encuentro. Así como
él no puede escapar de su condena ni de sus lágrimas que hacen más grande el
caudal de los ríos del inframundo, yo no puedo —ni tú tampoco puedes, apreciado
lector— huir del instante en que el hilo de mi vida se rompa, haga ese viaje de
nuevo... para ya no retornar.