“Sin duda cada generación se
cree predestinada para rehacer el mundo. La mía sabe sin embargo que no podrá
lograrlo. Pero su tarea es más compleja: consiste en impedir que el mundo se
deshaga”.
—Albert Camus—
Concretar cambios en el mundo es necesario; conservar el
estado de naturaleza humana y la costumbre como inalterables es muestra de
estancamiento peligrosa. También es cierto que las transformaciones importantes
en la sociedad requieren un lapso más o menos largo para producirse y deben ser
puestas a constantes revisiones y cuestionamientos para evitar una degradación
que conduzca a algo peor que lo que buscaba dejar en el pasado.
Adquirir un protagonismo estelar en los cambios es una
tentación a la que las generaciones, sectores y grupos corporativistas no se
resisten. Para ellos, el individuo no puede lograr avances por su cuenta. Por
eso no es extraño que cada cierto tiempo (que va haciéndose más frecuente)
surjan afanes revolucionarios, que de un portazo —o balazo— promuevan un giro
violento, idea que tiene pinceladas más de fe que de razón. Y es que quien
aguarde que de manera repentina los males sociales se corrijan, aguarda un
hecho sobrenatural, pues mucho más sencillo y probable que se hagan más grandes.
La moda y el elemento emotivo generan revoluciones para
todo gusto y de toda marca: revoluciones
culturales que han costado demasiada sangre, revoluciones que derrocan
dictadores y apuntalan a tiranos de barba aún más nefastos; algunas revoluciones
de la tierra que hacen tambalear la propiedad privada; revoluciones que
traicionan su verdadero propósito y son ahora larguísimos desfiles de corruptos
protegidos, procesos revolucionarios bolivarianos que hacen añicos la libertad;
¡hasta tenemos simples campañas ciudadanas de meñique que se hacen llamar
revolución! Es tan tentadora esa palabra que cualquier elemento, publicación,
reforma o actuación, quiere ponerse el apodo de revolucionario, anhelando
cambiar el curso de la historia, inclusive queriendo partirla en dos. No debe extrañar,
entonces, que el término sirva para que déspotas, ladrones, embusteros y
deseosos de popularidad cautiven a las masas y generen en ellas ese
romanticismo desmedido. En su oportunidad y sin pérdida de vigencia, Carlos
Rangel desentrañó los mitos que vienen con el revolucionario latinoamericano
y los estragos que defiende: el populismo, el caudillismo y el autoritarismo.
Culpo en parte a la pereza y a la impaciencia de esta
fiebre por la revolución. A nadie le agrada la idea de reforma, pues implica
esfuerzo y tiempo; educar a la gente es una labor que requiere interés,
constancia y valor; el vocablo progreso ha cosechado enemigos absurdos que lo
han llenado de eufemismos; y, hay que decirlo, rebeldía y rebelión son voces
para las que no todos están a la altura necesaria. Se abre la puerta de la
fuerza; no obstante hacer cambios mediante ella es más un adiestramiento que,
aunque pudiere aparentar resultados, está amenazada por la corrupción de la
autoridad, además que amoldar el carácter por la fuerza siempre conlleva un
dilema para quienes somos defensores de la libertad individual.
La revolución miente haciendo pensar que todo se hace en
un solo acto violento a un precio que no siempre está bien medido. La
revolución no acepta crítica alguna; es una verticalidad que castiga a quien
ose disentir o cambiar un poco sus posiciones. No es casualidad que la
guillotina se haya inventado al calor de un movimiento de estas características
y no sólo se haya llevado con su hoja a sus detractores sino también a los que
la generaron y se atrevieron a cuestionar. Más aún uno debe temer cuando una
Revolución ya empieza a escribirse así, con mayúscula.
No puedo olvidar que el ideal revolucionario es en su
esencia un movimiento que posterga y hasta sacrifica al individuo para la
obtención de nebulosos objetivos. Yo prefiero un puñado
de indómitos críticos antes que un conjunto de revolucionarios emocionados
y sanguinarios manejando por décadas las vidas de otros hombres.
Como un golpe de martillo a la idea de la revolución,
evocar a un fragmento del escritor argentino Adolfo Bioy Casares: “Revolución. Movimiento político que
ilusiona a muchos, desilusiona a más, incomoda a casi todos y enriquece
extraordinariamente a unos pocos. Goza de firme prestigio”.
