"— ¿Cuántos dedos hay aquí, Winston?
— Cuatro.
— ¿Y si el Partido dice que no son cuatro sino
cinco? Entonces, ¿cuántos hay?".
-George Orwell-
Considero a
Friedrich Nietzsche un pensador distinto. Más allá de las controversias que
generaron sus particulares vida y obra, la rabia que le profesan muchos
conservadores puritanos y las malinterpretaciones de sus ideas; para mí el
filósofo del martillo es irrepetible. Su valentía, originalidad y potencia
permiten que se encuentre en mi anaquel de escritores preferidos. En uno de sus
libros más conocidos, Así habló
Zaratustra, se halla la siguiente reflexión inolvidable: “Estado se llama
el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta
es la mentira que se desliza de su boca: «Yo,
el Estado, soy el pueblo» (…) Falso es todo en él; con dientes robados muerde,
ese mordedor. Falsas son incluso sus entrañas".
No es el único que identifica
al estado con seres bestiales. Entre
otros, Hobbes lo identifica con el enorme Leviatán, Octavio Paz lo llamó ogro
filantrópico y Mario Vargas Llosa lo catalogó como un elefante torpe que debía
ser reducido en sus movimientos, pues, de lo contrario, podría aplastarnos.
Vuelvo al frío
monstruo. Considero la desconfianza como una actitud natural, tanto hacia
aquello que no se conoce como hacia aquello que se sabe que puede provocar
daño. No tengo la mínima intención de lucir como gurú de la tolerancia a lo
incierto; antes que la tolerancia está la seguridad del hombre y de sus
cercanos. Si aplico el descrito razonamiento para las relaciones
interpersonales, desconfiar de entes colectivos y abstractos manejados por
seres ruines se hace aún más necesario. Quien esté ostentando el poder
—obtenido por bayonetas o urnas indistintamente— deseará retenerlo todo el tiempo que pueda o
al menos sacarle el máximo provecho, en la medida que le alcancen las ganas y
hasta donde las instituciones republicanas se lo permitan, si no las tiene en
el bolso ya.
En regímenes
autoritarios y populistas, toda “información oficial” está cargada de
propaganda, de mentira o de eufemismos. Hay que ser claro: salvo excepciones
contadas, nunca un gobernante reconocerá que se presenta una situación en la
que las cosas estén mal. No importa si los delincuentes toman las calles y hay
un crimen cada dos horas; para el gobernante o alto jefe policial se está
trabajando con avances en la seguridad ciudadana. Un desastre natural puede recaer
sobre una ciudad o región llevándose bienes o vidas humanas; pero el político
falso aparecerá manifestando que la situación está siendo controlada. Un país
puede estar al borde de la catástrofe financiera, mientras un ministro o
alcalde quiere convencer que vienen épocas de bonanza.
Ni hablar de los
abusos a los derechos humanos; jamás los representantes del estado admitirán
excesos, violaciones, o muertes ocasionados por su voluntad. Siempre
encontrarán (inventarán) un desestabilizador o golpista causante y culpable, o
tal vez el cinismo criminal alcance para que una autoridad o vocero surja con
un “no tengo conocimiento del hecho…”.
Una gran parte de
la ingeniería populista descansa sobre el manejo de la información y la ya
mencionada propaganda. No dudo ni un centímetro al afirmar que si los
autoritarios actuales repartidos por el mundo pudieran encontrarse con Joseph
Goebbels, se inclinarían ante él para pedirle instructivas sobre el uso de la
propaganda nazi. Los ministerios y secretarías de comunicación –nacionales,
regionales o municipales— son calderas infernales de las que brotan pestilentes
avisos. Si pudieran alterar hasta el pasado para su conveniencia, al mejor
estilo de la novela 1984 de George Orwell, lo harían.
Por eso yo
desconfío del frío monstruo llamado estado,
porque a él la prensa libre le incomoda, la opinión no alineada o no
comprada la ve como amenaza y la tecnología es su siguiente rival a censurar. A
mí no me interesa el concepto de “información
responsable” que usa el frío monstruo; a mí que me den información libre,
variada y abundante; las responsabilidades de filtrarla y de formar opinión
corren por mi cuenta individual.
La imagen pertenece a la adaptación fílmica de la
mencionada novela de G. Orwell, "1984"

