“Da lo mismo que sea
una calle que un mercado que el Parlamento, la única diferencia es que en el
último se establecen turnos y se conmina a quienes aguardan a fingir que
atienden”
—Javier Marías—
—Javier Marías—
Optimismo y pesimismo
no son solo formas de ver la vida, son también elementos partícipes de una
contienda interminable. Para quien no ha cerrado y lacrado el libro de verdades
intocables, debe estar siempre presente la posibilidad de la esperanza y desilusión,
y las cuestiones políticas no son la excepción. Así, puede pensarse que hay
adelantos generales de la humanidad en lo concerniente a derechos, prosperidad
y periodos de paz mundial medianos; pero también puede evaluarse prácticas que
han venido a menos en trascendencia y calidad: la vida parlamentaria es una de
ellas.
Aunque el sueño de la
gran nación sudamericana me parece una hemorragia de romanticismo, tanto en su
versión bolivariana original como en la contemporánea, no se puede negar que
hay elementos comunes en la vida política de muchos países en este lado del
globo. Dicho esto, vale la pena aclarar que a pesar de lo funesto que se
expresa en esta reflexión sobre el caso boliviano se puede extrapolar a otros
estados, además la honestidad lleva a acotar que es posible encontrar
excepciones dignas en algunos congresistas, pero son eso: excepciones, ya que la
inmensa mayoría va en rumbo de lo desesperanzador.
Si bien no fue jamás la
regla general, la anterior centuria ofreció personajes parlamentarios con
niveles de preparación superiores a la media, inclusive con desvaríos
ideológicos siniestros, pero con un valor extra por sus intereses
intelectuales. El arquetipo contemporáneo es —en su mayoría— despreciador de
las ideas, se regocija únicamente en su participación en algún acto eventual de
corte cultural o intelectual, tal vez sellado con la foto con algún escritor
cuyos libros solo conocerá por la portada y la dedicatoria.
Ya en el campo de su
labor central, los ejemplos patéticos de disparates parlamentarios sobran. Para
no escarbar mucho en el tiempo, es bueno remitirse al caso del Código del
Sistema Penal. Mientras contaba con la aprobación del Ejecutivo, para los
presidentes de la cámaras legislativas, la norma era perfecta, casi un encargo
divino que se debía defender a ultranza. Luego, cuando el máximo líder
retrocedió, los mismos jefes parlamentarios, desde la atalaya de su cinismo,
encontraron errores y elementos que requerían revisión.
Como ese, hay muchos
casos que nos pueden ilustrar la pobreza parlamentaria, una miseria mental y ética
que contrasta con la rimbombancia y parafernalia que se impone en los actos de
los delirantemente llamados “padres de la patria”. ¡Pobre de aquel mortal que
ose quitarle el Honorable en un acto público o en una misiva! Ganarse el beneplácito
de un parlamentario nacional, asambleísta o concejal implica reconocerle tratos
especiales, reservar espacios para él y su comitiva, además bajar la mirada
cuando hace uso de su banda y otras prendas costosas en eventos, así sean estos
triviales. Ninguna reverencia alcanza para el diputado o senador. Llama la
atención, pues mientras lo ceremonioso se exige a su paso, en algunas sesiones
de hemiciclo el bochorno, el mal gusto, la ordinariez y ambiente que imita al
peor mercado callejero son marca registrada de sus actos.
Por motivos de
practicidad que simplemente tienen que ver con temas partidarios (en Bolivia en
lo que respecta al ideario y actitudes de parlamentarios oficialistas y
opositores las similitudes sobran y sorprenden), las facciones se dividen en el
grupo que sistemáticamente apoya al Presidente y el que sistemáticamente lo
ataca. Esto no evita que tras un cierto tiempo, haya negociaciones y compra de
voluntades. Nada se descarta en lo que a legisladores se refiere.
Los primeros,
cortesanos del Ejecutivo, justifican sus designaciones en listas muchas veces
con una especie de ranking, señalando cuántas veces y con cuanto fervor se ha
aparecido para defender al régimen gobernante, pues la tentación de un nuevo
periodo legislativo y otro cargo burocrático es un antojo demasiado suculento
para dejarlo ahí. Para esto vale todo: salir en los medios sin poder articular
dos frases coherentes, golpear al colega de otro partido, hablar de temas de
los que se tiene la mínima idea, o —para el más pasivo— simplemente no molestar;
no osar pensar en contra del supremo líder. Total, el tiempo puede llenarse
masticando papel, desnudándose en aeropuertos o dedicándose a otro tipo de
vulgaridades.
En los otros, temporales
contendientes de otros partidos, se piensa que existe un premio al pataleo.
Asombra el profundo amor que se tiene a las poleras, pues para cada contienda
el lema aparece impreso en el pecho, mucho mejor si su creatividad alcanza para
usar un hashtag. Porque, eso sí, la
tecnología no les ha servido tanto como para relacionarse con sus homólogos en
el mundo o adquirir conocimientos mínimos de economía, leyes y otros, como para
alimentar su narcisismo. Cuentan sus éxitos en la cantidad de proyectos de ley
presentados, sin siquiera pensar en la relevancia o necesidad. Pintoresco es el
ejemplo de aquellos que compiten por declarar patrimonios nacionales platos de
comida, ritmos o fiestas locales. Los que están debajo de esta escala son
aquellos cuyo único logro es convocar a conferencias de prensa y despotricar,
con motivo o sin él, para luego pasar la página y rara vez hacer seguimiento a
lo que se condenó. Eso sí, como dicen; “hay que mostrar fuerza y unidad”, el
que habla debe estar flanqueado por sus correligionarios como un coro tallado
en madera de alguna iglesia.
Considerando las raíces
del parlamento en la época clásica, su valoración como equilibrio frente a las
monarquías en siglos posteriores y siendo la expresión de la democracia moderna,
la respuesta no pasa por sugerir una supresión legislativa originada por el
desencanto, o un acto demencial como la Asamblea Popular de 1971 en Bolivia (un festín antidemocrático
de los sindicatos), tampoco cuotas por géneroo motivos étnicos son la respuesta;
sino exigir mejores candidatos en el futuro, y en el presente bajar de los
altares a los ya elegidos y exigirles un compromiso mayor, no solo con la
libertad y las demás conquistas del mundo civilizado; también con el sentido
común, la coherencia en los actos y, por qué no, la decencia.