“…justamente, esto era un desastre, porque el hábito
de la desesperación es peor que la desesperación misma”.
-Albert Camus-
La capacidad de asombro es sin duda una
de las características propias del ser humano. Además de ponerlo en contacto
con los cambios que se producen en su entorno, alcanza una mayor importancia
cuando, a través de la reflexión generada por el mencionado asombro, puede crearse
respuestas a los problemas y cambios a fin de obtener mejores resultados
en la vida diaria.
En el arte, el asombro es la reacción
emocional que en primera instancia salta y detona la sensibilidad o el espanto.
En la vida personal es gracias a la conmoción y al deslumbramiento por lo que
se advierte el devenir de los momentos inolvidables, tanto de los dichosos como
de los amargos. En estos casos, el ámbito de este asombro es privado y su
ausencia o completa distorsión no afectarán intensamente al desarrollo de la
sociedad.
No obstante, en lo verdaderamente
público, en el quehacer político, es necesaria la presencia del asombro y hasta
del espanto; pues mediante ellos se llega a la indignación y al repudio de las
acciones perjudiciales cometidas por la sociedad civil o los representantes
oficiales del estado.
En política, afrentas simbólicas,
grandes crímenes perpetrados por seres demenciales, las traiciones, la
estupidez, el juego siniestro de los impostores, la corrupción, la muerte, la
manipulación, la ordinariez y otras infamias, no deben nunca dejar de
sorprendernos y molestarnos. Es necesario escandalizarse, es necesario mostrar
públicamente el descontento que a uno lo devora.
Queda claro que esta sensación de
incomodidad orillará a la molestia, e inclusive genere cólera y más de un
malestar mental o físico a raíz de la furia y la impotencia Sin embargo, es el
precio necesario a pagar para no dejarse corroer por las miserias en las que
incurren los pésimos actores de la vida política. Es importante acotar que el
cuestionador inagotable que denuncie los ataques a la razón y a la convivencia no
es un sujeto agradable para los demás, o dejará de serlo cuando sus dardos
incomoden.
Las calamidades políticas pueden ser de
infinitas clases, sus conjuradores pueden volverse hábiles mentirosos y
amañadores, y su constancia puede provocar un adormecimiento atroz debido a la
costumbre de vivir día a día y noche tras noche sus pestilentes prácticas.
Este modo de “desgaste” no debe
avanzar. Aunque tengamos que tragarnos frecuentemente
un ejército de torpes, incultos e irresponsables defensores del régimen (a
veces por cadena nacional y en discursos tortuosos que duran horas), no se debe
decaer en la crítica, el ataque a los abusivos y la defensa de los principios.
La crítica y la denuncia tienen que ser motores inagotables que se muevan en
contra de la costumbre a lo venenoso. Como
seres comprometidos, la labor no se puede esquivar. El controvertido y
genial Nietzsche lo advirtió ya en 1886: "El hombre superior tiene que abrir
los oídos siempre que tropiece con un cinismo bastante grosero y sutil…”.
Suele decirse que si uno critica algo
debe acompañarse de una propuesta: es una falacia torpe que busca deslegitimar
la crítica. Hay situaciones en que proponer algo está de sobra, la defensa de
principios no requiere más propuestas, es válida per se.
Un día en que no me disguste de la
idiotez política no es un día completo. Está claro que seré impopular. Pero,
aunque sea en la soledad de mi reflexión y en mis textos, me niego rotundamente
a acostumbrarme a lo funesto que acarrea en estos tiempos el manejo del poder
en todos sus estratos (ni imperios ni feudos ni quintas me agradan); cada día
van repugnándome aún más los ídolos que se creen intocables, o innombrables si
no es para recibir alabanzas, por muy mediocres que éstas sean. Es posible que
haya un tiempo futuro en que pueda sentirme menos iracundo y respire tres,
cuatro o cinco veces antes de encenderme en llamas, pero éste no es ese tiempo.