Rendirse ante el
antiguo contendiente no debe ser necesariamente un acto solemne y fastuoso.
Es menester comprender
que toda participación en una confrontación implica el riesgo de la derrota. Alejado de posturas conciliadoras e
hipócritas, manifiesto que, en la política, la obtención de victorias para
mentes antidemocráticas implica una aniquilación o completa anulación del
perdedor.
En algunos casos, el
que ha caído —o ve cercana la caída— tiende por abstenerse de cualquier intento de seguir. Preferirá el
silencio, el anonimato, o alguna esporádica y mentirosa aparición que haga a
los incautos creer que aún se encuentra de pie.
Sin embargo, cuando el
que se encuentra encaramado en el Poder tiene tentaciones imperiales, existirá
un placer por ver humillado públicamente al contrario, por conquistado su
territorio y por apropiado todo cuanto se creía de dominio ajeno. Ante esto la
única respuesta emergente es la dignidad. Cuando la dignidad no está presente o
cuando la conveniencia mediática, económica, política o de otra clase es más
fuerte; se da paso a momentos estúpidos y grotescos. Son recordadas por la
historia las alfombras auspiciadas por empresarios, artistas y políticos para
los déspotas de los que poco antes fueron opositores.
La literatura y la
ficción poseen técnicas como la “vuelta de tuerca” para generar episodios en
que los personajes cambian abruptamente
su rol en una historia; giros que son agradables, dignos de la fascinación
cuando son empleados por escritores de buen modo. En la realidad, estos cambios
en los individuos suelen dejar un gusto a infamia y asco. Mucho más aún si se
hacen de manera pomposa y descarada.
Cabe aclarar que,
siendo estas apreciaciones hechas sobre la política y la vida pública, además
cuando el ahora victorioso ha violado leyes y ha mostrado desinterés por los
derechos de los demás, no hay espacio para palabras como “perdón” o “reconciliación”,
pues justamente no se trata de un
destino solitario, sino de un acto irresponsable; no hay que olvidar el que se
arrodilla ante su opresor llevaba tras de sí a sus seguidores y seres que
creyeron en él. De estos últimos, quienes no sean críticos o vivan inmersos en
la mediocridad de pensamiento, serán los que busquen justificar todo lo
ridículo de la pleitesía rendida ante el opresor dominante. Los demás, los que
juzgan, se verán desilusionados por haber depositado confianza ante quien no
tiene honor siquiera en la derrota. Observar sonrientes en un abrazo fundido al
otrora perseguido con su verdugo, o a quienes intercambiaban anatemas de una
vereda a otra, genera un espectáculo repulsivo.
Reconozco que no soy
partidario de los simbolismos, éstos se prestan para malinterpretaciones y fácilmente
son usados para manipular masas (el empleo de banderas e himnos y hasta actos
litúrgicos puede ser perjudicial). Pero sí soy un fanático de la rebeldía; si ella
desaparece de forma ritual, no puedo dejar de molestarme. Un evento, un sitio,
un atuendo o una práctica en la que el cobarde cede su última gota de dignidad
deben ser vituperados. La sumisión se vuelve un espectáculo que infla el ego y
los deseos tiránicos de quien ha vencido, mientras el arrodillado se dedica a organizar galas, doctorados honoris causa,
reconocimientos, desfiles y cocteles.
En todo caso, como
individuo rebelde, cuanto queda es
repeler cualquier muestra de este tipo, evidenciarla ante el prójimo y
condenarla. No me place la existencia y mucho menos la cercanía de quienes
tienen un gusto y/o adicción por las reverencias o genuflexiones de ninguna clase. Cuando veo a
estos seres arrodillarse ante el poder, tiendo a recordar al inmortal Dante Alighieri, cuando en uno de los Cantos
de su obra máxima se asombra al ver a los condenados en el Infierno: "¡Oh, qué difícil es hallar
palabras / para describir a esta pobre gente; / mejor fueran ovejas, fueran cabras!"