Fotografía: ww.jornadanet.com
"La chusma del pueblo no siente la
presencia del diablo aunque los esté tomando por el cuello".
—Johann Wolfgang von Goethe—
La democracia, por su propia naturaleza de apertura, no está libre de problemas ocasionados por los miembros de una
sociedad. Es más; la relatividad del concepto ha dejado rendijas peligrosas por
las que el mismo significado ha
adquirido diferentes interpretaciones ajenas a su valor intrínseco y los
principios en que se sustenta. No debe extrañar, entonces, que el irrespeto a
la ley, la violencia, los abusos y los amañamientos de la paquidérmica maquinaria
estatal para la consecución de fines
perversos, sean obviados y hasta aplaudidos por grandes sectores
porcentuales de la población de un país a nombre de la democracia. La lucidez
de Jorge Luis Borges ya hace bastantes años permitió dejar registrado en el
prólogo de un inolvidable libro un comentario sobre la democracia como “ese curioso abuso de la estadística” (La
moneda de hierro; 1976).
De la mano de las creencias de la mayoría y la voz de la voluntad general,
viene, azuzada por los las ansias de control y de demostración de fuerza, otra
deformación, aún más peligrosa sin duda alguna: la democracia de la
muchedumbre, su movilización y la presión.
Si bien es cierto que la defensa de principios y posiciones de la vida
pública exigen la movilización y la
acción ciudadana de manera efusiva en ciertos casos, es completamente absurdo
pensar que todo traslado de catervas —por más cuantiosas que se vuelvan— es
completamente válido y legítimo. El pretender mostrar un seguimiento masivo y
fuerte en un acto o momento puede generar una mentirosa impresión sobre el
contenido de cuanto se pide. Es muy posible que hasta el más irracional y nocivo pedido encuentre adeptos dispuestos a
abandonar sus ocupaciones para moverse hasta otro punto. Lógicamente, este modo
de proceder se verá inflado en sus
partícipes si los recursos son
suficientes. Buses, camiones y hasta aviones pueden ser llenados con individuos que se sumen a una causa.
No se trata de intolerancia a las personas; lo que no soporto es la
impostura y la mentira. Y es que en estos tiempos y lugares uno puede ver a
cientos de humanos marchando, pernoctando, gritando, bloqueando rutas y
agrediendo sin saber siquiera lo que los tiene en aquel sitio y hora. No son
acciones aisladas; este proceder puede ocasionar desde la molestia para
transitar una calle o realizar una diligencia hasta la aprobación de leyes. La
memoria —la pesada pero necesaria memoria— guarda imágenes de cercos al
Congreso, cuadras y cuadras de turbas que a punta de amenazas, no solo
permitidas sino también apoyadas por el poder obtienen lo que su conveniencia
va deseando.
Como
muchas pestes, esta democracia de turba contamina. Quienes deberían promover
cierto respeto ahora empiezan a creer que deben combatir de la misma manera,
empiezan a extraer personas de barrios y comunidades, entregarles un par de
banderas, ponerlos detrás de un político o dirigente y encima, si los fondos lo
permiten, ofrecer un agasajo y hasta
dinero en efectivo. Creer que esto es normal, bueno y que de alguna manera
ayuda a forjar conciencia, valor y respeto por la democracia es un error
terrible, por el cual ya está pagándose las consecuencias.
No
olvidar, además, el peligro que esto conlleva para el bienestar de la
convivencia. Cuando ya se han hartado los movilizadores de medir el número de
sus huestes y de enriquecer a los dueños de buses que rentan, toca poner a prueba
su violencia, sus habilidades con objetos contundentes y con explosivos. Sin
duda, su ferocidad les valdrá un puesto en “las bases” y su arrastre los hará reconocer como dirigentes fuertes.
Y
así, entre multitudinarias y costosas concentraciones, conciertos pagados con
fondos públicos, verbenas tóxicas, gritos, empujones, quema de distintivos, pedradas y a
veces muerte, tenemos que tragarnos el bochornoso espectáculo de algunos
mercenarios que, bajo título de actores, sectores o movimientos sociales,
demuelen el orden y la razón, oscureciendo aún más el porvenir; repudiarlos con
furia es nuestra obligación.
