La imagen fue tomada en Ucrania. Es el derrumbe de una
estatua Vladímir Ilich Uliánov, «Lenin».
“¡La tierra! En este
gran templo desertado por los dioses,
todos mis ídolos tienen los pies de
barro”.
—Albert Camus—
En el memorable libro Pueblo enfermo, Alcides
Arguedas señala: “En Bolivia siempre, o poco menos, se ha vivido o bajo la dura bota de
un caudillo militar bárbaro o semibárbaro, o bajo la magia engañadora y vistosa
de los doctores de palabra cálida, gesto vehemente, voz rimada y los resultados
han sido indefectiblemente también los mismos con unos y con otros, o sea…
desastrosos”.
Está claro que los designios del tiempo no
permitieron ver a Arguedas los años de esta clase nueva de ser que busca
atornillarse en el poder, también con resultados catastróficos para el orden y
la libertad. Combinando las prácticas de los mencionados, el militar y el del gesto
vehemente, junto a otros elementos que lo dibujan como supuesto buen hombre
emergido de lo profundo, lo popular, lo milenario y lo típico; este caudillo
idolatrado por las masas, mismas que consienten sus más absurdos desmanes,
abusos y excesos, se eleva y sirve de modelo local e internacional para quienes
tienen antojos similares.
En todo caso, sin importar cuál sea el perfil del
ídolo o si éste incluso ya ha abandonado el mundo, quien se considere libre y
crítico está en la obligación moral de señalar todas sus debilidades,
imposturas y su sucia hambre de mayor veneración. Los
hombres distintos son los que levantan la voz y el puño contra los dioses y
contra los que se creen tales. Muy lejos están los tiempos de la caverna y del
mito que requerían la creación de mitos para explicar y hasta justificar la
vida del hombre. También han quedado lejos la época de que del absolutismo
concentrado en un monarca que se consideraban la personificación del poder y el
estado. Sobre esto, y para acercarnos a estos días, vale evocar a Juan Bautista
Alberdi: «Los que no dijeron: "El
Estado soy yo”, lo pensaron y creyeron como el que lo dijo».
Menciono
con especial énfasis que estos líderes no necesariamente buscan destruirse
entre ellos. Algo que estos ídolos han aprendido es a marcar sus feudos
mediante pactos de mentira y convivencia. Por eso es que sin descaro alguno uno
puede verlos insultándose al mismo tiempo que se acomodan como reptiles, desde
el país entero hasta el distrito les sirve para sus intereses y negocios. El
tiempo para ellos es una ilusión, su deseo de permanencia —por la fuerza o los
votos— es más fuerte que el sentido mismo de la democracia y la idea, que para
ellos parece descabellada, de la renovación y de la alternancia en el poder.
Recuerdo
un fragmento de un cuento de Sartre
sobre un criminal al que le agradaban las alturas para verse superior: “Es necesario apuntalar las superioridades morales
con símbolos materiales”. Del
mismo modo a este ídolo caudillo le fascinan los escenarios y las tarimas para
ver a todos por encima, sentirse supremo, se multiplicará su vanidad si la
cantidad de hombres con espíritu gregario —y otros que le hacen venia por
conveniencia—llegan hasta el horizonte y escuchan su discurso, casi siempre
incongruente y repetitivo, y lo aplauden a manos llenas.
La lista es desagradablemenet larga: veneraciones, estatuas, homenajes,
canciones, oraciones a su nombre, publicidades interminables que parecen
taladrar los tímpanos e imágenes en cada avenida mientras saluda sonriente
burlándose de los ciudadanos y enarbolando su fetiche patriótico (todo eso casi siempre financiado con los impuestos de la gente). Mientras más
adoctrinamiento y sumisión siembre, más grande será su satisfacción. Todo le
sirve para exhibirse: desde una carretera hasta un sistema de agua potable; desde una cumbre
hasta un evento deportivo. Ha olvidado que la función pública es un trabajo y no un culto a su personalidad.
A todos esos ídolos, les obsequio mi rechazo sin indulgencia y sin
consideraciones de bando y origen. Que las masas les rindan tributo; el hombre
que se considere singular y libre está para más, para mucho más. Ni una sola
marcha o concentración vale la conciencia de un hombre digno.
Yo apuesto por el olvidado, yo apuesto por el
individuo que con repulsión y
desconfianza eterna mira de frente al ídolo y espera su desplome, y atreverse a pensar
—¿por qué no?— en un mundo sin estas figuras.
