Hubert Robert. Templo Dórico en ruinas, 1783
“¿Qué podría
arrebatarle un vagabundo malhechor,
comparado con lo que
le habían arrebatado hombres
que se hacían llamar
sus protectores?”
—Ayn Rand—
Las
confesiones religiosas no están en mi radio de interés, sin embargo alguna que
otra de índole política puede darse como válida. Confieso que hace poco más de
dos semanas, el domingo 10 de noviembre, grité desbordante de emoción cuando vi
a Morales renunciando, con una pared amarillenta de fondo y flanqueado por el anacrónicamente
revolucionario García Linera y por la perjudicialmente versátil Montaño. Para
entonces en Santa Cruz se acumulaban diecinueve días de paro, bajo amenazas de
asedio, con víctimas fatales y con la posibilidad de consolidar el fraude y que
nos traguemos el descontento y que todo quede en nada. Aquí encuentro la
necesidad de empezar a redimensionar las cosas, partiendo de mi clamor inicial:
para mí no fue un grito por un fraude y jornadas de paro sino un alarido con
pizca de sollozos por casi catorce años acumulados, de impotencia, de rabia y
de pena por personas con rostro, nombre y apellido —no el abstracto pueblo— que
padecieron en carne propia el periodo más nefasto y falso de la historia
política boliviana moderna.
Para
que no quede duda recurriré a mi recuerdo específico del domingo 18 de
diciembre de 2005 y el 53,74 % que dio inició al régimen. No tenía aún la edad
para votar, sin embargo ya contaba con la mínima capacidad de percibir que el
partido que participó en las desestabilizaciones de 2003 y 2005 iba por todo,
que no habría frenos racionales o contrapesos suficientes para detenerlos. Lo
menciono, pues el pasado jueves alguien muy valioso me manifestó con una
diáfana sinceridad que había apoyado el tiempo inicial del gobierno. Ante ello
la pregunta ahora: ¿Qué tan licencioso se puede ser con los adeptos del
principio? Yo sostengo que no más que un par de años; la Asamblea Constituyente
fue el momento suficientemente objetivo como para detectar la verdadera cara del
monstruo que estaba en frente.
Me
asusta la corta y débil memoria del votante, que combinada con el aprecio por
el asistencialismo puede hacer que dentro de algunos años una mayoría se
incline a elegir nuevamente al partido forjador de las peores angustias de los
tiempos de la democracia boliviana. También confesaré mi pesadilla en la que el
tirano asilado en México emule a Perón y se vuelva un ídolo de masas incluso ya
enterrado. No obstante, este texto no es un repaso de la historia azul de la
infamia (además los renglones no alcanzarían); de lo que se trata ahora es de
repensar las últimas semanas dentro de lo armado y destruido por el régimen de
Morales. Hay casos en que el desenlace —por fortuna esta vez favorable para nuestra
causa— puede llevarse toda la atención y opacar el recorrido, como quien solo
retiene el acto final de una película y la juzga por los segundos previos a los
créditos.
Para
Camus, la rebeldía estaba directamente vinculada a la idea un límite: «Significa, por ejemplo, “las
cosas han durado demasiado” “hasta ahora sí; en adelante, no”, “vais demasiado
lejos”, y también “hay un límite que no pasaréis”. En suma, ese no afirma la
existencia de una frontera».
En este entendido nuestro cuestionamiento no puede ser otro que el de entender
por qué nuestra frontera estaba tan alejada.
Por
supuesto, el haber operado de manera delincuencial para consolidar el fraude es
la explosión llamativa, pero no puede entenderse como un hecho aislado sino
como el intento de concreción letal de todo un largo avance. Indudablemente los
rastros fáciles están en el llamado 21F y en la postulación del tercer mandato
en 2014; pero también se vincula a toda una serie de atropellos a la voluntad popular
como la inhabilitación de todo un partido en Beni o la victoria del ahora
procesado penalmente exgobernador Urquizu en Chuquisaca. No lejos está el
completo desdén por la legalidad visto en centenas de casos, teniendo en su
cúspide la anulación de las garantías del debido proceso y el principio de
igualdad ante la ley. Por esa ruta sigue el obsceno enriquecimiento ilícito
aprovechando el aparato estatal que requería también de muchos seres
involucrados. No se puede olvidar tampoco la larguísima estela de individuos
fallecidos, que no parecieron tener valor alguno para el régimen por
considerarlos contrarios a su proyecto. Son estos y otros más los móviles por
los que desesperadamente y a toca costa Morales y su séquito necesitaban
mantener el poder, incluso exponiéndose al ridículo y a la vergüenza
internacional que ya es evidente.
El
reto para la ciudadanía valiente que resistió luego del 20 de octubre: no
quedarse solo con la última fechoría, ni tomarla como si los despropósitos del
Movimiento Al Socialismo se redujeran a solo una manipulación de cédulas, actas
y sistemas de conteo, olvidando todo el resto.
Pienso
que aun sin el escandaloso fraude —o si este no hubiera podido comprobarse— nuestra
ferocidad tendría que haber sido la misma para forzar la dimisión. Además hay otra
utilidad para el futuro, una que exige nuestra rigurosidad: dimensionar los males
de los casi catorce años uno por uno, pues sin esa tarea será imposible hacer
pagar a los responsables y colaboradores, quedando a merced de su retorno, tal
vez discreto o, peor aún, como falsos salvadores.
Andrés Canseco G.
Andrés Canseco G.
