"¿Qué
es un sombrero? Sencillamente, una cosa que se puede comprar en casa de
Zimmermann. Pero lo que queda debajo del sombrero, usted no lo podrá
comprar".
—Fiódor
Dostoyevski—
No es
novedad que la mediocridad sea peligrosamente contagiosa en ciertos campos de la
vida. Algunos de estos campos únicamente pertenecen al ámbito privado, por lo tanto
no merecen ser parte de una atención en particular. Sin embargo, cuando la
mediocridad y su hermana, la ignorancia descarada, ponen en riesgo el destino
de otras personas no puede permitirse el lujo de dejar pasar ciertos hechos sin
manifestarse al respecto.
La
política sin duda alguna es juego muy peculiar y cambiante, pero eso no debe
significar que sea movida por el azar o por los caprichos de un puñado de
irresponsables. En otros tiempos, la labor política incitaba a personas
letradas y poseedores de conocimientos superiores a la media a entrar en la
arena. Las grandes mentes recordadas a través de los siglos no necesariamente fueron las caras visibles o líderes
carismáticos; pero al menos los encargados de ganar contiendas electorales
contaban con la capacidad e interés de elaborar discursos coherentes y hasta de
redactar tratados y textos cortos relativos a la labor pública.
Aun
cuando los políticos no alcanzaran en genialidad para procrear ideas, existía
un interés por leer y analizar a quienes gracias a momentos de inspiración
pudieron crear volúmenes dignos del recuerdo a través de los años. En un nivel
menos complejo puede imaginarse incluso políticos que estén anoticiados
constantemente de las columnas de opinión nacionales e internacionales.
Sin
embargo, en tiempos en que la demagogia y el espectáculo se han mezclado
bochornosamente, la esperanza real es escasa.
El
político que no aprecie el uso del intelecto recurrirá a las prácticas
populistas más absurdas para seducir a los votantes. Elecciones pasadas han
demostrado que mientras más lisonjero, juerguista y generoso con regalos sea un
candidato, más grande será su probabilidad de vencer. Pues, como primitivamente
piensan algunos, es porque "está al lado del pueblo".
No
importa si el individuo en cuestión es la personificación de la vulgaridad, de
la ridiculez o del mal gusto; si viene acompañado de una banda o conjunto, y
además algún bocadillo, seguramente llenará coliseos y se proclamará salvador y
ser iluminado para llevar a mejores días a "la patria".
Lógicamente
esto se aplica para todos los niveles; si él político tiene ansias nacionales,
regionales, municipales o hasta simples feudos distritales, seguirá los pasos
de manera idéntica, variará simplemente el monto invertido en la campaña.
Podrá también estar apadrinado por élites económicas que patrocinen sus derroches, haciéndole creer que su camino es el correcto.
Quienes
se dejan seducir fácilmente por una pantalla de televisión y por lo que del
otro lado aparece, son también un objetivo para el político inculto. Éste se
aprovechará de la existencia de programas (generalmente nocturnos) en los que
el presentador se torna en una especie de agitador de polémicas baratas y
organiza una riña superficial entre sus invitados o "contactos en
vivo". En ocasiones el político inculto se encuentra en estos avatares con
otro de su misma calaña, entonces inician una competencia por alcanzar mayores
niveles de majadería y grito que llegan a veces a tentar una muestra
pugilística; y cuando no se dejan llevar por la tentación, intercambian ataques
sobre su pasado, su desamor a la región, su condición de vendepatria, de
traidor al pueblo. Cabe mencionar que todos estos argumentos en cualquier
circunstancia me parecen insuficientes y son muestra de una falta total de
pensamiento propio, pues son simples muletillas que se han reiterado durante
décadas sin sentido alguno.
El
político del que hablo se ubicará en la vereda del show de mal gusto para
hacerse conocido. Se valdrá también de internet para exhibir que ha
fiscalizado algo o ha hecho algo de gestión (cosas que son simplemente su
trabajo), o para notificarnos que está en un lugar lejano con algún gremio o
grupo desahogando su espíritu demagógico. Como es lógico, es infaltable la foto
o el video rodeado de sus seguidores sonrientes por creer haber hallado a un
mesías más.
Está
claro que ser letrado y culto no garantiza enteramente la integridad ni los
valores de un político; la historia también cuenta con registros
de déspotas con intelecto. No obstante, si los encontrados en la contienda
electoral se dotasen mínimamente de individuos con apego a la lectura, la
reflexión y al cuestionamiento tanto externo como interno, no cabe duda alguna
que los encuentros estarían revestidos al menos por muestras de cordura y,
sobre todo, de mesura a la hora de realizar alguna acción que pueda perjudicar
a otros.
Cuando
un electo no puede concatenar una serie de ideas de manera coherente o
realizar la lectura decente de un mensaje en algún acto o evento, será
vituperado y descalificado automáticamente, aun si sus intenciones fueran
"nobles". Se expondrá al ridículo en toda clase de intervenciones y,
para quienes creen en la vergüenza ajena, será una carga que enrojecerá.
Puedo
afirmar sin miedo a errar —aunque sí con temor de que estas líneas tengan tinta
color utopía— que si los ganadores de elecciones pasadas y quienes se liquidan
en el presente por aparecer en las futuras cultivaran más el intelecto (o, en
caso de no tenerlo, se abstuviesen la tentación de dañar los destinos ajenos),
el porvenir no estaría en tanta medida librado a caprichos, azares,
idioteces, impulsos e intereses malsanos.