En tierra firme lo han acusado y
despreciado como a tantos otros por ser diferente. Sin embargo, Poseidón lo ha recibido en su dominio, el trato que hicieron no puede romperse, el precio pagado fue muy alto.
El pirata se ríe de los que parcelan al mundo en
países y lealtades que no comprenden, de los que se desprecian sin conocerse si
quiera, a causa de sus cientos y miles de juramentos. Le basta ver la penumbra
hecha bandera y rota sólo por una calavera que perteneció a alguien célebre y
que es inmortal gracias al viento y los barcos. Para llenar su inspiración no
precisa himnos ni desfiles ni héroes.
Su corazón ha quedado olvidado en un
puerto hace varios años ya en un viaje que se salió de su control, y no quiere volver por él. Como buen pirata,
reconoce que hay bienes y tesoros que jamás podrán ser desenterrados y recuperados en esta
era.
Consciente de que en su destino no
figuran la bondad y la piedad de este mundo, su espada en este lustro ha sido
desenvainada reiteradamente; corta al contendiente como su preciado y orgulloso barco corta el mar.
Es la vida que escogió. Los pecados cometidos y las satisfacciones que dieron son también una especie de tesoro.
Forajido...
Enemigos por montones, desde los piratas
de otras estirpes y costumbres hasta ejércitos dotados de entrenamiento.
Uniformados han venido todos en su búsqueda; no han podido con él y su escasa
tripulación.
Conocedor de la fatalidad, sabe que la
muerte vendrá algún momento por él; en sueños ha visto las variadas túnicas que
pueden tener sus emisarios: una bala a traición por la espalda, un
ron envenenado, el naufragio, o simplemente una larga tortura llevada a cabo
por ellos, los de uniforme, que finalice con una metálica decapitación y la
exhibición de su cabeza. De un modo o de otro, sus cenizas no serán esparcidas
en el mar. No cree en reencarnaciones ni en vidas eternas; la existencia, como
el océano, también tiene un límite.
La borrasca y el trueno traen un mal
presagio en este viaje. Un frío que pocas veces había sentido recorre
su interior. Su espada, una pistola con la bala de emergencia, sus libros, una par de copas, la brújula; todo en su camarote se ha congelado ante sus ojos. Podría ser ésta la última travesía.
Revisa algunas notas finales antes de zarpar, no hay
testamento ni herederos... sólo una frase que queda grabada y firmada por él
para que el porvenir no lo deje en el completo olvido: "En realidad no es de agua,
sino de toda clase de penas y resignaciones del hombre de lo que está hecho el
mar".
