“Pero
hay dos clases de lucha. La lucha caballeresca, donde se miden las fuerzas de
adversarios independientes (…) Y la lucha del parásito, que no sólo pica, sino
que también chupa la sangre para conservar su vida. Así es el soldado
mercenario, y así también eres tú”.
—Franz Kafka—
La vida suele llenarse de ciertas frases comunes que inflan a la sobrevalorada sabiduría
popular. Una de ellas proclama que todos tienen su precio. Se admite esta
posibilidad, aunque no necesariamente
enfocada a la cantidad. No todos se entregan a cambio de su peso en oro o ceros
en sus cuentas bancarias. Además del dinero, hay otras formas de convencer y
pervertir a un hombre; antojos tan variados y extraños que mueven conciencias
con la habilidad con la que es operada una marioneta de feria.
Sin importar la moneda en que esté impreso
su valor hay consideraciones que para el ojo crítico e independiente no deben
escapar. En la política, a diferencia de la vida privada, reflexionar sobre
estos temas éticos y morales no es pérdida en ningún sentido. No importa cuán
corrompida, carnavalesca y degradada esté la actividad relacionada al manejo de
la cosa pública, siempre debe evaluarse las traiciones, los bochornos, las
genuflexiones y las manipulaciones sin indulgencia.
El tránsfuga comete en esencia un acto que —salvo una
situación específica atenuante o justificación extraordinaria— es reprochable. Pero esta
práctica se hace aún más deshonrosa cuando el nuevo partido o frente es el que detenta
en el poder. Subrayo esto porque se debe desenmascarar charlatanes: en estos
casos no intervienen el error y la conciencia sino la mentira y el interés. Una
cosa es cambiar de ideas (solamente un fanático puede llegar a la muerte sin
modificar sus posturas); pero una muy distinta es acomodarse por intereses
olvidando y tratando de borrar con el codo —o con el puño izquierdo— todo cuanto ha
pasado antes de su conversión.
La total falta de coherencia ideológica es una característica
de estos mercenarios políticos. Fácilmente puede notarse pues sus conversiones
no son frutos de análisis teóricos ni la confrontación con la realidad, sino
que suelen darse con una fugacidad asombrosa y con un ímpetu que sorprende hasta
a sus nuevos correligionarios y que genera nauseas en quienes en algún momento le
creyeron o lo apoyaron.
Suponiendo que la solidez de ideas sea mucho pedir
para los conversos, se evidencia también su degradación en la memoria
viciada. Víctimas de la violencia, presos políticos, la corrupción los hombres
que perdieron la vida y hasta la ilegalidad que incluso ellos sufrieron antes
de ingresar a las filas de su nuevo equipo, parecen estar alojados en el limbo
y no tienen peso ya para sus valoraciones: todo se les ha borrado de un plumazo.
Ante esta situación, recurren a las menos perspicaces y más subjetivas argumentaciones:
el bien del país y la religión. El pueblo y Dios les sirven para tratar de
justificar las acciones que les permitan aspirar a un nuevo lugar en la
burocracia o en la futura papeleta electoral, mirando desde abajo a su nuevo
jefe, esperando que les caiga algún premio, con la misma inocencia con la que un párvulo
mira una piñata.
Es posible que las nuevas adquisiciones para quien esté en
el poder no sean precisamente grandes figuras ni líderes de masas
multitudinarias. Aun así, son presentados en conferencias y actos, y recibidos como en alguna clase de bautizo o
como un nuevo fichaje de un club deportivo. Tal similitud es notoria, pues
al final eso son: jugadores que se cambiarán la camiseta cuando una nueva
temporada empiece. También es probable que ésta sea una de las cláusulas de la
capitulación: mostrar pública y ruidosamente que han quebrado su espíritu y que
su dignidad y lealtad ya tienen el sello de
VENDIDO, que ya aman por voluntad al Gran Hermano.
Hay valores no apreciados por los mercenarios del poder: la disidencia, la crítica
y la libertad están entre ellos. El mexicano Octavio Paz fue acertado al
referirse a este tema: “La prueba de la
libertad no es filosófica sino existencial: hay libertad cada vez que hay un
hombre libre, cada vez que un hombre se atreve a decir No al poder”.
Un apunte más, que está relacionado con la
imagen: advertirles a los mercenarios de cuán ridículos lucen en el momento en que se
inclinan, posan, brindan y apoyan a su nuevo líder iluminado o su
majestad, como buenos vasallos, al menos hasta que venga el siguiente
mejor postor.
