“Que no haya malentendidos acerca de mí. Si mis
semejantes, que se hacen llamar sociedad, creen realmente que su bienestar
requiere víctimas, puedo decirles: ¡Al demonio con el bienestar público! No
seré parte de él."
-Ayn Rand-
Desde
la aparición del marxismo y su infecciosa expansión por el mundo, sus
postulados han sido objeto de diversos análisis, interpretaciones y giros, que
incluyen distorsiones ideológicas absurdas, generación de miseria, inseguridad y
prácticas sanguinarias descaradas en busca de ese hombre nuevo que tanto se
promete. Aunque uno puede caer en la tentación de lanzar los primeros dardos a
los gobernantes que alineándose a la izquierda han convertido países enteros en
el abismo, los despropósitos de esta ideología también se encuentran en la
sociedad civil organizada.
El
caso específico del proletariado y sus
articulaciones en sindicatos, gremios, partidos y grupos de choque, entre
otros, ha abierto un abanico de
variantes y olas tanto teóricas como de acción que -aunque gozan de apoyo
popular y cuentan con un arsenal de exposiciones que apuntan a conmover- la
gran mayoría son contrarias a los ideales de propiedad privada y libertad
expuestas por la modernidad, que han sido puntales del progreso y la invención
en los últimos siglos. En el flexible caso de que pueda argumentarse que ha
habido ciertos avances por los empujes del movimiento obrero, como reconocimiento
de algunos derechos que lograron hacer más decente la vida laboral y las
relaciones emergentes de ella; esto no puede otorgar un aura de nobleza total a
sus acciones, así como tampoco puede silenciar las observaciones ante acciones
pasadas y presentes que se caracterizan por su irracionalidad.
Para
no incurrir en el reiterado y despreciable recuerdo del experimento soviético,
es posible volcar la mirada hacia Latinoamérica y en particular el caso
boliviano, que ofrece numerosos ejemplos del poder que puede ostentar la
dirigencia laboral y las bases que lo sustentan, así como sus aspiraciones
autoritarias. Con la redacción de la
Tesis de Pulacayo en 1946 (que entre tantas de sus demenciales líneas reza: “Dejamos claramente sentado que la
revolución será democrático-burguesa por sus objetivos y únicamente un episodio
de la revolución proletaria por la clase social que la acaudillará.”) y la
Revolución de 1952, se estableció el marco de creación para la Central Obrera Boliviana,
institución que durante sus décadas de existencia se ha ocupado insistentemente
en reiterar su resistencia por la democracia y valor en luchas en tiempos de
dictaduras, pero que no repara nunca en
las también ciertas acciones desestabilizadoras, violentas, golpistas y hasta
autoritarias, estas últimas en alianzas
con gobiernos caracterizados por el abuso. Este hecho no puede ser obviado y debe ser traído al presente, pues la faceta de la realidad que han olvidado
los dirigentes de la COB –siempre con su distintivo rojo acompañado por la hoz,
el martillo y el sanguinario Che Guevara- es que no existe límite en el
oprobio, que un hombre o institución siempre puede caer más bajo el número de
veces que sea necesario. Comprados en la actualidad con bonos, decretos
especiales a medida, regalos, edificios y otros privilegios, los dirigentes de
la Central Obrera vienen siendo una extensión del Órgano Ejecutivo, no siendo
casualidad que hayan saltado a puestos en ministerios o el parlamento, o al
menos aspirado a ellos por el Movimiento al Socialismo. En la práctica sindical
obrera, tampoco hay espacio para la crítica; su verticalidad es un impedimento
incluso para su propio crecimiento y renovación.
Herederos
del marxismo, los dirigentes del proletariado organizado no tienen reparo
alguno en satanizar la imagen del empresario (mediano o grande, formal o
informal), que es visto como un ser malvado que se aprovecha de todo y de todos,
que debe dejar de producir y subsistir en la hostilidad del Estado que todo
muerde para poder satisfacer a los trabajadores, y que además sólo merecería
cargas, sanciones, controles e insultos. Porque debe decirse de modo claro: una
cosa son las conquistas que pueden tener algo de sensatez, y otra son los
excesos y desvaríos para sacar provecho de una relación laboral, anulando
la meritocracia y la competitividad. De este modo, acompasados al ritmo de los
burócratas, no cesan en sus proclamas de fiscalizaciones, nacionalizaciones,
estatizaciones y creación de empresas públicas, sin importar que luego las
catástrofes.
El
caso ENATEX es la clara muestra de que cuando lo que hay es interés de votos y ambición,
la sensatez no tiene cabida. El Estado boliviano invirtiendo en una empresa
perdida hasta el punto en que es insostenible y un movimiento obrero
pretendiendo que se continúe solventando puestos de trabajo con fondos públicos
sin medida. Luego, un reguero de protestas, exigencias absurdas, bloqueo de
caminos, dinamitazos, heridos, imprecaciones reiteradas al neoliberalismo y al
Decreto Supremo 21060, etc.
Finalmente,
apuntar que es completamente legítimo que cualquier trabajador busque mejores
condiciones en pro de un mejor destino, recurriendo a los mecanismos legales
pertinentes individual o colectivamente; lo que no es comprensible es la
pretensión de que un empleador o empresario exista para el beneficio ajeno y que
puede quedar a merced del implacable Estado (se incluye a los jueces en materia
laboral y a los parásitos tributarios) unido a un proletariado desmedido en sus
acciones. De esta forma, el futuro simplemente arrojaría épocas en que el valor
de invertir y producir desaparezca por completo.
