“El Congreso del
Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo.
(…) El Congreso es Job en el muladar y Cristo en la cruz. El Congreso es aquel
muchacho inútil que malgasta mi hacienda con las rameras”.
—Jorge
Luis Borges—
Hay guardianes que lo son solo de nombre y para
cumplir formalidades, para crear imágenes portentosas cuyo simple
cuestionamiento o sola idea de disolución o supresión espeluznaría a varios
mortales. Cientos de cargos e instituciones merecerían ser borradas de un
plumazo o al menos ser puestas en un cajón olvidado con sus mentiras,
imposturas o actuaciones convenencieras. Esta situación no se restringe a un
orden nacional, lo que demuestra el presente es que no se puede depositar
grandes esperanzas en esas creaciones humanas llamadas organismos
internacionales, puesto que tienen un talento natural para poner la vista en
otro lado. Entre lo anecdótico uno puede recordar la situación de Panamá regida
por Manuel Antonio Noriega. La pasividad de la Organización de Estados
Americanos ante los abusos y el reinante narcotráfico en el país
centroamericano provocó que se forjará un nuevo contenido irónico a la sigla:
OEA significaba “Olvidemos Este Asunto”.
Ciertos criterios deben ser tomados en cuenta al
evaluar a las instituciones internacionales y bajarlas de los cielos. El
primero es el hecho de que un estado, cualquiera sea, está representando por
su Poder Ejecutivo únicamente; el Poder
Judicial y el Legislativo —que es el que en teoría tiene mayor representación
en una democracia coherente— no tienen el mínimo peso, salvo en los llamados
“parlamentos internacionales” que no tienen gran utilidad. Queda entonces una
figura en la que un presidente, por más detestable que fuere, pretende encarnar
la voz sin discusión de todos sus ciudadanos, o sus vasallos.
Otro elemento que dificulta que se atienda reclamos
de la población civil contra sus estados es que toda decisión debe ser tomada
mediante votación de todos los países; si un gobierno tiene a sus similares de
cómplices, no hay modo de ponerlos en el banquillo de acusados.
Un tercer mal es que los estados tienen una
capacidad increíble de engendrar una cantidad hilarante de ellos. Solo en
América del Sur uno encuentra ALBA, OEA, UNASUR, MERCOSUR. CARICOM, CELAC y
Comunidad Andina; toda una pesada maquinaria internacional en la que numerosos
falsos demócratas y hasta dictadores confesos han sabido moverse de acuerdo sus
necesidades del momento y en los que, como en las embajadas, han sabido
acomodar a sus funcionarios dudosos cuando les queman los procesos judiciales.
Sinceridad ante todo: a los organismos
internacionales, sobre todo los de América, no les importa que no se pueda
comprar comida por culpa del chavismo o mueran manifestantes por represión
salvaje. ¡Bah! tampoco les importó en su momento que el régimen castrista
racione a los cubanos los alimentos a las personas mediante libretas o que la
obra de Castro y Guevara llene de represión, muerte y censura a los cubanos.
Para que los organismos de rimbombantes nombres hagan algo más que sus tímidas
e ineficaces recomendaciones, al parecer es preciso que las bajas se cuenten
por miles, como en África y Asía. Para ellos, el hombre (así, con minúscula, el
individuo) no importa. La decadencia de la OEA ha llegado a tal punto de que en
marzo, para tratar el tema venezolano… ¡se ha sesionado en privado! Un
despropósito total diseñado para encubrir a los autoritarios y que la opinión
pública no conozca cuánto se dijo y se omitió en esa ocasión.
Me juego, no sin dudas, por la existencia estos
entes; pero no de manera numerosa y utilitaria a algunos como plagas. Pienso
que basta con un puñado en todo el globo. Eso sí, restituyéndose de su
degeneración, retomando aquello que provocó su formación, que es evitar el
pisoteo de la libertad y la dignidad de los individuos (no hay que olvidar que
la ONU se creó luego del aquelarre sanguinario de la Segunda Guerra Mundial), y
dejar de ser simples clubes de amigos para gobiernos que, como una llave que se
abre y alivia la presión de un gas, se den un sucio respaldo entre ellos cuando
generan muerte, hambre y dolor. Mientras no se efectúe la explicada
restitución, esperar de afuera una audaz y heroica intervención que condene y
frene los crímenes del Siglo XXI y de otros perversos, es un exceso de fe sin
sentido.
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