"Hemos ido delegando en el Estado la aplicación de la venganza. Pero
en un mundo tan corrupto como éste, el Estado es incluso muchas veces el
agraviador. (…) Mis columnas son mi forma de vengarme, de aplicar la venganza
por medios civilizados".
—Arturo Pérez-Reverte—
Cuando se realiza sin distinguir de dónde vengan las insensateces que la alimentan y sin ser
usada para lamer suelas, es posible que escribir artículos sea una de las
labores que peor reconocidas esté en la cultura por la sociedad. No me refiero
a lo económico, ingenuo es pensar que puede sacarse réditos monetarios por el
análisis y la crítica sincera, no es ése el motor. La falta de reconocimiento de
la que hablo es aquella que se nota en la poca difusión y el menosprecio que
caen al momento de usar la pluma y el teclado como protesta. Detrás de la
composición de artículos hay mucho más que refunfuñar caprichosamente o
alcanzar prestigio mediático: está el individuo inquieto que, con coraje y
decisión, hace pública una postura, por más demencial que pueda parecer para
las mayorías o minorías. Inclusive conteniendo errores de redacción —dado que
la exquisitez, el cuidado y la coherencia
no seducen a todos los columnistas— el acto de realizar un juicio por escrito
ya es un mérito.
Contrario a lo que puede parecer, la cantidad de humanos dedicados a la opinión
es reducida, son preocupaciones que atañen a unos pocos y que están
identificadas con la singularidad que a la masa superficial no le agrada y a
las instituciones perturba. Dado que algunas de ellas se atribuyen cualidades
luminarias y doctas, las universidades deberían ser sitios de fomento a la
labor del escrito y la columna. Claro está que no lo hacen; hay intereses
corruptos que concretar antes y no conviene que haya seres pensantes y
divulgadores; para las facultades basta y sobra con borregos de huelga, bloqueo
y trifulca. Ni mencionar lo que pasa con los políticos en
ejercicio.
Es cierto que éstos son años de superficialidad en los que la disputa por
la sección de espectáculos para ver quién ha aparecido, es una vergüenza
expandida sin control que aleja la lupa del sector de opinión de los diarios.
Sin embargo, el desaliento no debe derrotar a quienes aún pensamos que todo
vale la pena si un puñado ha leído lo escrito y mucho más si el poder o los
necios se han sentido incómodos. Hay que darse minutos inclusive para leer
aquellas ideas con las que uno puede disentir, por el hambre de rebatirlas y de
identificar charlatanes o impostores.
Hacer uso de esta vocación al escribir es tan necesario para denunciar y
corregir los males de la sociedad y de los impostores del planeta, que incluso
la clandestinidad es un canal dignísimo para quien exprese sus ideas cuando las
condiciones no están dadas. Las guerras atroces y las dictaduras sangrientas y
brutales del Siglo XX, junto con el excesivo control estatal y paraestatal del
Siglo XXI, son experiencias que abren la ventana en todos los países para la
creación de panfletos hechos por hombres que reflexionen sobre el mundo sin
solicitar ninguna clase de permiso a la burocracia. Nadie imagina a la
Resistencia en Francia pidiendo consentimiento a los nacionalsocialistas, a las
denuncias por las muertes en los Gulags esperando la voluntad de Stalin o los
cuestionamientos en Cuba aceptados por los detestables hermanos Castro sin amenazar al prójimo con las celdas. La libertad de expresión acompañada del valor es una
conquista del hombre frente al mundo equivocado e imperfecto que debe
modificarse; no es un obsequio del poder ni del pueblo ni de Dios.
Casi siempre se escribe para hacer notar el error, los abusos, la crueldad
y la idiotez. Por una cuestión de actitud e irreverencia, no imagino a alguien alabando
a un político o autoridad en la prensa en la sección de escritos. Aunque el
funcionario esté haciendo una labor más o menos decente (que rara vez pasa), asumo que componerle una loa pública tiene que ver con la perversión
moral de quien divulga artículos o ensayos. La actualidad demanda que para todo
lo que no sea literatura, música o estética, las publicaciones deben actuar como espadas vengadoras flamígeras.
La labor constante de escribir merece atención y una constancia que —he
aquí el “mea culpa”— no siempre puede
llevarse. Hay un valor aunque sea por el pequeño gran logro de quitarle
caracteres y protagonismo a la tóxica frivolidad del
espectáculo y a la ponzoñosa propaganda estatal. La pelea por la libertad, las
ideas, la decencia y la sensatez también se libra en los renglones de diarios e
internet, y no admite tregua.

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