Quizás uno
de los más grande adelantos de la civilización en este tiempo —entre tanto
retroceso— es esta posibilidad de salir al paso y entrar en polémicas sin
depender de los medios tradicionales. Así, por ejemplo, desde un celular
sencillo alguien puede redactar opiniones, grabar videos y generar el contenido
que le permita su creatividad.
La gran
mayoría de las veces este contenido se crea al calor de emociones y pasiones, y
es algo que se puede entender dentro de ciertos límites y cierta mesura.
Incluso para responder a los delirios de una escritora que brinda una
entrevista pirotécnica para vender libros y
que cae en algunos de los más burdos lugares comunes identitarios, hay
que conservar cierta decencia.
Como yo
detesto la censura y la cancelación, no pediría eliminación de videos ni
denuncias masivas ¡mucho menos invocar al Estado! Pero sí creo conveniente que
quienes consumen y viralizan un video reflexionen un poco más acerca de cuanto
se dice y se plasma en él. Nuestro pasado nos dejó como enseñanza que quien
lanza un «carajazo», desde una cámara o una tarima, no es necesariamente el más
valiente ni el que tiene la razón; pero sí es el que puede impactar a masas de
modo soez.
El
costumbrismo en el arte y la cultura puede tener un valor importante cuando se
trata de rastrear, preservar y hasta revitalizar algunos elementos en este
Siglo XXI. No obstante, usarlo como vehículo para la ordinariez, el mal gusto y
el resentimiento (que puede venir de más de un lado, claramente), es un error
muy grande.
Si aquello
que interesa es sólo ganar «likes» y no dejar ideas que pueden salir de una
controversia, pues allá ellos. Pero no esperen que algunos nos quedemos
callados frente al mal gusto que se viste de profundidad e identidad.

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